Oscar Landerretche
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20080624 Tuesday June 24, 2008

Un Problema Chileno

El estado del Estado
 
Primero que nada, nadie que se considere progresista: es decir, nadie que sea socialista, social-liberal, liberal-demócrata o social-demócrata puede ser un apologista de las incompetencias, ineptitudes, pillerías varias y franca picantería que hemos estado presenciando en el sector público chileno últimamente. Nadie que se sienta heredero político de la lucha por la democracia puede sentir sino amargura cuando se mancilla la memoria de los mártires de la resistencia contra el autoritarismo con actos de corrupción, vengan de donde vengan, trátese de grandes señores de las elites transversales o de ciudadanos de a pié con historial de militancia. Simplemente no se puede tolerar.
 
Es cierto, como dice Joaquín Lavín, que estos problemas no son patrimonio de un lado del espectro político. Es cierto, como enfatizan Eduardo Engel y Patricio Navia, que son una de las consecuencias de un sistema político y electoral poco competitivo. Todo eso puede ser cierto, pero no es menos cierto que estos problemas debieran dolernos más a aquellos que creemos en el rol insustituible del Estado y las políticas públicas en la formulación de una estrategia de desarrollo económica y social del país. Nos debiera atormentar la cotidianeidad que han llegado a tener las anécdotas que ilustran la descomposición de la disciplina política y la lealtad en la coalición de gobierno. Para aquellos que no creen en el rol del Estado y consideran que el tamaño de éste debiera reducirse significativamente, esto es una oportunidad política. A nosotros estos problemas nos debieran hacer sonrojar de vergüenza y humear de rabia; a ellos les parece generar un evidente entusiasmo y algo de maquiavélico optimismo.
 
La reforma del Estado debiera estar en los primeros lugares de la lista de prioridades políticas de la izquierda chilena. El Estado es el instrumento que tenemos los progresistas para la transformación social que soñamos para nuestro país. Un instrumento en mal estado puede convertir el propósito en torpeza, las ganas en error, el entusiasmo en desazón. Un Estado en buen estado nos podría permitir avanzar mucho más en la construcción de una sociedad igualitaria y una economía justa. Solo un Estado en buen estado servirá de germen del Estado Social y Democrático de Derecho. 
 
Porque no se trata solamente de la reforma del Estado que pide el empresariado. Es decir, una reforma que busca insular al Estado de las maquinarias clientelistas de la Concertación y que busca reducir los tiempos de los procedimientos internos que afectan a los negocios. No solamente eso. La izquierda chilena debiera tener como prioridad esa reforma, pero también la que protege al Estado de los grupos de interés empresariales. Un dirigente político o sindical no tiene porqué tener más derecho que el resto a un empleo o subsidio público, en esto estamos de acuerdo; pero también debiera ser cierto que un dirigente empresarial no debiera tener derecho ni a un crédito más blando que los demás, ni a un subsidio más generoso, ni a un trámite más rápido, ni a audiencias sin registrar con ministros y autoridades, ni a perdonazos. Cualquiera que haya leído con detalle la obra de Sofía Correa Sutil "Con las Riendas del Poder"; libro que hace una historia pormenorizada de la influencia corporativa de los gremios empresariales en la política de centroizquierda chilena, tendrá que coincidir conmigo en que el interés corporativo que más saldría perdiendo con una verdadera reforma del Estado no es necesariamente el de los trabajadores organizados.
 
Días de furia
 
Ahora bien, también es cierto que cualquiera que haya vivido fuera de Chile sabe que los problemas de ineficiencia e incompetencia en nuestro país no son un patrimonio del sector público. Basta con comprar un bien durable en una de nuestras multinacionalizadas empresas de retail  y contratar un despacho a domicilio para que uno empiece a sospechar que la ineficiencia, la falta de consideración por el cliente, la falta de respeto al usuario, el completo desprecio por el tiempo de los demás, no son un patrimonio del sector público. Basta con tratar de cambiar el aparatito de las autopistas porque funcionó mal, o intentar mudar los servicios de telecomunicaciones, o pedir una instalación de casi cualquier cosa, como para que uno se empiece a formar la convicción de que, posiblemente, el problema no esté necesariamente circunscrito a los trabajadores públicos.
 
Basta con que uno levante el tema en su círculo de amigos y aparecen historias tras historias de problemas en el trato hacia los clientes. Las malas experiencias parecen estar localizadas, aunque no exclusivamente, en sectores concentrados y poco competitivos: finanzas, retail, utilities y monopolios licitados. La experiencia anecdótica parece darnos pruebas cotidianas de la hipótesis de Engel y Navia de que el problema es la ausencia de competencia, o, a lo menos, que aparece con más fuerza allí donde no hay competencia.
 
Son frecuentes las historias relacionadas con problemas de "despacho". Todo parece indicar que es imposible en Chile lograr despachos al hogar en horarios convenidos. Yo tengo en mi memoria una lucha titánica por lograr que me entreguen un colchón y otra por lograr recibir una lavadora. He escuchado de experiencias de colegas y amigos que involucran una variedad infinita de productos. Y parece ser mal de muchos, porque no es un problema que está concentrado en una u otra empresa. Cada vez que paso por una de estas experiencias no puedo evitar pensar que hay detrás de ello uno de esos gerentes con opiniones fuertes respecto de la eficiencia del sector público. Me pregunto: ¿cuánto de lo que llamamos baja productividad de los trabajadores chilenos es realmente baja productividad potencial de ellos y cuanto es mal management? Después de todo, la función gerencial es complementaria al trabajo, no sustitutiva.
 
En estas luchas colosales por lograr que a uno le despachen lo que ya compró uno gasta tiempo y energía que podría estar dedicando a otras cosas más productivas o amenas. Pero eso no es todo, por supuesto. Vale la pena preguntarse cual es el valor del retorno que obtienen todos estos sectores por los dineros que uno si les paga a tiempo y que depositan en alguna parte mientras no proveen el servicio o despachan lo que prometieron. ¿Será que parte sustancial de su rentabilidad se encuentra allí? A veces uno se ve tentado a creerlo. Más aún, ¿no es curioso como se encuentra emparentado este fenómeno con la queja habitual de las pyme respecto de los abusos en atraso en pagos a proveedores que hacen algunas empresas grandes? La pregunta queda abierta para un tesista: ¿Qué traspaso de renta significan la suma de los atrasos en pagos a proveedores y de atrasos en despacho de mercancía de las grandes empresas chilenas? Me gustaría creer que es poco.
 
Las otras historias que uno tiene o escucha de sus conocidos tienen que ver con problemas de servicio en que se hace evidente que las empresas sienten que no es necesario realmente invertir en entrenamiento de su personal sino que basta con un entrenamiento "on the job" en que los costos de los errores los asumimos los consumidores. En un mercado en competencia perfecta los costos del entrenamiento se traspasarían de todos modos a los consumidores, vía precio o mal servicio. Pero, justamente el punto es que muchos de estos sectores se alejan sustancialmente del paradigma de competencia perfecta. Así que los costos del entrenamiento "on the job" nos los comemos todos, cada vez que nos atiende un "ejecutivo".
 
No moleste
 
Hay un problema teórico de tras de todo esto y tiene que ver con la productividad de los sectores transables y no transables. Los sectores transables son aquellos que producen bienes que son susceptibles de ser comerciados internacionalmente (el cobre, los textiles, el vino, la celulosa… etc.). Los sectores no transables son aquellos que producen bienes que no se pueden comerciar (los viajes de taxi, el arriendo de propiedades, los cortes de pelo… etc.). En equilibrio la competitividad de una economía es resultado de la comparación entre la productividad del sector no transable y transable. Intuitivamente, si las cosas que hacemos localmente porque no las podemos importar, las hacemos en forma eficiente, entonces seremos más competitivos al vender cosas transables en los mercados globales. En el corto plazo, las volatilidades del tipo de cambio nominal pueden desviar al tipo de cambio real sustantivamente del nivel de equilibrio, pero en el mediano y largo plazo debiéramos observar una convergencia a un nivel que refleja la comparación entre las productividades del trabajo entre estos dos sectores.
 
A esto hay que sumarle que, en términos caricaturescos, los sectores transables chilenos tienden a ser un poco más capital intensivos mientras que los no transables tienden a ser trabajo intensivos. Esto implica que la productividad de los transables se juega, en general, en la inversión en capital fijo, mientras que la productividad en el sector no transable se juega, en general, en la inversión en capital humano y en la innovación gerencial y de procesos. Una de las razones por la que nos preocupa tanto la eficiencia del sector público es que los servicios públicos son un sector totalmente no transable y muy trabajo intensivo por lo que con su performance se juega una parte sustancial de la competitividad de la economía. Dicho esto, no es menos cierto que hay importantes sectores privados que son no transables y que no son demasiado competitivos. Si estos sectores son ineficientes, afectarán la competitividad nacional.
 
En chileno: si las empresas que proveen servicios le hacen perder tiempo y dinero a todos los demás, están contribuyendo a empeorar nuestra competitividad; si están proveyendo malos servicios, están reduciendo el valor de lo que podemos comprar con nuestro trabajo.
 
Es posible, entonces, que la pérdida de competitividad de la economía chilena tenga a lo menos dos fuentes. Por un lado, en el corto plazo, los movimientos del dólar pueden sobreapreciar transitoriamente la moneda, es cierto; pero en el largo plazo, es mucho más probable que estemos perdiendo competitividad justamente por nuestro retraso en la inversión en capital humano y nuestros malos indicadores de calidad de management (público y privado) que han sido documentados en los índices de competitividad internacional.

A esto hay que sumarle que el retraso en el desarrollo de capital humano está íntimamente relacionado con nuestros niveles de desigualdad económica y exclusión social. Nuestra sociedad aún titubea en el transito hacia formas gerenciales (públicas y privadas) fundamentadas en la valoración del recurso humano (en sus obligaciones, derechos y proceso de desarrollo). Al recurso humano le pedimos que sea barato, flexible, eficiente, sumiso, y que no moleste, que no estorbe. No es raro, entonces que no sea demasiado entusiasta.
 
El juego de la culpa

Uno de mis discursos políticos favoritos de todos los tiempos se lo debemos al presidente estadounidense Lyndon B. Johnson (apodado por la gringuería como LBJ). Lo dio el 15 de marzo de 1965, exactamente una semana después de las marchas a favor de una Ley del Derecho de Voto (Voting Rights Act) que garantizara el acceso a las urnas a los negros del sur de los Estados Unidos. El conflicto racial estaba en su momento culmine. Las consecuencias de la brutal violencia desplegada por la policía de Alabama recorrían la prensa mundial y empezaban a conmover incluso a ciudadanos conservadores que resistían al movimiento racial. En ese preciso momento LBJ se enfrenta a un país dividido sobre quién tiene la culpa de lo que está pasando: ¿La policía de Alabama o los organizadores de las marchas? ¿El racista gobernador George Wallace o la Casa Blanca? La parte más hermosa del discurso dice así:
 
"Rara vez hay un tema que muestre a tajo abierto los secretos del alma americana. Rara vez encontramos un desafío, no a nuestro crecimiento o abundancia, nuestro bienestar o seguridad, pero a los valores, propósitos y significados de nuestra querida nación. El tema de la igualdad de derechos para los negros americanos. Si llegáramos a derrotar a todos nuestros enemigos, si llegáramos a duplicar nuestra riqueza y conquistáramos las estrellas, pero continuásemos siendo desiguales en este tema, entonces habremos fallado como un pueblo y nación. Pues, tal como ocurre con los individuos: ¿qué ha ganado un hombre si conquista el mundo pero pierde su alma?"
 
"No hay un problema negro. No hay un problema sureño. No hay un problema norteño. Solo hay un problema americano."
 
Hermoso discurso. Un llamado a la unidad nacional de un atribulado presidente que dejó el paradójico legado de ser quizás el presidente más progresista de la historia de Estados Unidos y a la vez quién hundió a ese país en la guerra de Vietnam.
 
A mi me parece que el problema de la eficiencia del sector no transable, el problema de la productividad, el problema del capital humano, de la mala calidad de management, este problema de eficiencia que observamos todos los días, a diestra y siniestra, requiere de una mirada de país que supere el juego de la culpa. Es un problema central en la discusión sobre el proceso de desarrollo de nuestro país. Más aún, estos problemas, son, finalmente, centrales al problema de la equidad. Mi sensación ese que necesitamos superar el juego de la culpa en que desde la izquierda se acusa a la empresa privada de ignorar al recurso humano y cubrir sus ineficiencias con explotación y abuso de poder; y en que desde la derecha el mismo gerente que se demora semanas en despacharme mi lavadora mientras disfruta de la liquidez de mi pago reclama por la ineficiencia del sector público. El país entero tiene que enfrentar este problema, en el juego de la culpa sobre la ineficiencia y mediocridad chilena, todos tenemos tejado de vidrio.
 
Parafraseando a LBJ:

"Rara vez hay un tema que muestre a tajo abierto los defectos de la economía y sociedad chilena. Rara vez encontramos un desafío tan central que muestre los defectos de la izquierda y la derecha, del Estado y las empresas. El tema de la ineficiencia gerencial y la baja productividad laboral. El tema de la competitividad chilena y de nuestra equidad. Si rebajáramos todos los impuestos y privatizáramos todas las empresas públicas y no resolviéramos este problema estaríamos condenados al fracaso como proyecto de desarrollo económico. Si expandiéramos el estado de bienestar y mejoráramos significativamente los indicadores de equidad y no resolviéramos este problema estaríamos condenados al fracaso como proyecto republicano."
 
"No hay un problema privado. No hay un problema público. No hay un problema de izquierda o de derecha. Solo hay un problema chileno."
Enviado por oscar ( Jun 24 2008, 02:50:00 PM GMT-04:00 ) Permalink Comentarios [0]

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